Wednesday, December 2, 2020

Franklin Anaya: arquitecto del espíritu

Transcribo aquí una publicación escrita en ocasión del primer aniversario de la muerte de Franklin Anaya, arquitecto, compositor y pedagogo boliviano (1912-1998). Fue publicada por primera vez en Los Tiempos del 14 de febrero de 1999. Mi homenaje musical a Franklin Anaya puede oírse en Soundcloud, provisionalmente en versión computarizada hasta que exista una grabación coral (ver el siguiente artículo). 


El primer aniversario de la muerte de don Franklin Anaya, a cumplirse el próximo 15 de febrero, hace oportuna una evaluación del legado de esta figura cimera de la educación en Bolivia. En el año de luto que siguió a su partida han prevalecido las emociones, expresadas en lágrimas, reminiscencias, discursos, tributos y apóstrofes. A medida que amaina el dolor del corazón es necesario que el intelecto asuma sus funciones de revisar, analizar, comprender, asimilar y tomar las decisiones pertinentes para que la herencia de don Franklin no se despilfarre.

 

Todavía se siente tanto su ausencia que algunos lectores objetarán que emprender un análisis frío de sus ideas es irreverente. La objeción es innecesaria; la frialdad no es mi cometido, mucho menos hacia un ser tan querido. Lo que hace falta es que el intelecto dé estructura a los sentimientos, puesto que la reverencia y el cariño no bastan para hacer honor a un hombre tan productivo. Bastarían si hubiésemos perdido solamente a un amigo, pero hemos perdido mucho más: don Franklin es el primer pensador boliviano que, además de formular una propuesta viable para la renovación de nuestro capital humano, ha creado un mecanismo para realizar su propuesta. Un hombre con grandes que dedicó su vida a ponerlas en práctica. ¿Ha habido otro en Bolivia? Quisiera conocerlo.

 

Aunque exagere Borges al sentenciar que “la gloria es una de las formas del olvido”, la frase nos recuerda que venerar es fácil, y que es la acción lo que cuesta, lo que vale y lo que rinde frutos. Por sus frutos conocimos a don Franklin; por nuestras obras conocerá el mundo qué es lo que ha quedado de este gran hombre.

 

Me pongo, pues, manos a la obra, no sin antes señalar que no soy el primero. Me preceden Aldo Martínez con su selección documental Instituto Eduardo Laredo: Una inspiración hecha realidad (Cochabamba, 1998). Mis fuentes son los escritos de Franklin Anaya (ver bibliografía) y los recuerdos de mi experiencia directa con don Franklin, tanto de trabajo como de amistad.

 

Arquitecto, pedagogo, compositor, director de coros, escritos y pensador; éstas son algunas de las facetas de una personalidad rica y compleja. Hoy quiero concentrarme en lo que considero su principal, el de mayor alcance y también, ahora que él ya no está, el más vulnerable: su planteamiento educativo. El Instituto Eduardo Laredo está edificado sobre la base de este planteamiento. Sin el cimiento de las ideas de Anaya, el Instituto se convertiría en un cuerpo sin alma o, peor aún, en un cadáver en descomposición. Por eso es necesario que mantengamos vivas las ideas y que no dejemos que un respeto mal entendido paralice un planteamiento que es en esencia dinámico.  

 

Educación integral

Este concepto es la piedra fundamental del Instituto Laredo. La práctica y la comprensión del arte son el núcleo y razón de ser del Instituto, no sólo porque con ellas se cultivan las dotes específicamente artísticas, sino además y sobre todo porque ellas contribuyen al desarrollo total de la persona.

 

El que los alumnos pasen a convertirse en los artistas profesionales del mañana es una opción que don Franklin proponía con entusiasmo, pero ´l por un lado reconocía que ése no es el destino de la mayoría del alumnado, y por otro lado proponía que para la formación avanzada de aquéllos dotados de vocación artística haría falta expandir el Instituto de modo que cuente con un ciclo superior. Los esfuerzos de Anaya en pos de esta expansión culminaron en la Resolución Ministerial del 13 de marzo de 1983, que autoriza la creación del ciclo superior del Instituto Laredo. Es triste que hasta hoy las circunstancias hayan conspirado en contra de la realización de este proyecto, pero eso no quita mérito a lo que Anaya sí consiguió, que es la consolidación del bachillerato artístico unido al bachillerato en humanidades.

 

El valor de este doble bachillerato va mucho más allá de la concepción osificada del talento artístico como ornamento de los jóvenes – sobre todo niñas – de sociedad. Nada habría disgustado más a don Franklin que fomentar estereotipos gastados de una sociedad culturalmente estéril. Por el contrario, le interesaba la renovación basada en “la convicción de que la sensibilidad artística centuplica las posibilidades de la mente.”

 

Se apoya Anaya en la teoría de que “las artes, la abstracción, la filosofía y hasta la intuición” se originan en el hemisferio derecho del cerebro, el mismo que permanecería subdesarrollado si no fuera por el ejercicio regular de estas actividades. La educación convencional, sostiene Anaya, privilegia unilateralmente el razonamiento, la recolección y memorización de datos y demás tareas del hemisferio cerebral izquierdo. La educación integral, en cambio, aspira a un desarrollo igualitario de ambos hemisferios, que bien efectuado llegaría a “centuplicar” la capacidad del ser humano. Obviamente la centuplicación es una figura hiperbólica, ya que presumiblemente dos hemisferios activos en lugar de uno tan sólo duplican el rendimiento, pero aún así, a riesgo de contar las monedas de un tesoro aún no desenterrado, valga decir que una duplicación no creo que venga mal a ningún educando.   

 

Lo que importa aquí no es una contabilidad precisa del talento, sino un objetivo menos contable, pero más valioso: “que el hombre sea eficiente, razonable, de espíritu crítico y creador… liberado del afán mercantilista, del fanatismo y del dogmatismo”. La persona así educada estará capacitada para “formar una familia culta dispuesta a actuar como factor de desarrollo”.

 

La bondad de estos objetivos es difícil de cuestionar. En cuanto a su factibilidad, Anaya propone una estrategia basada en tres principios: libertad, felicidad y creatividad. Por ser trinomio y por empezar y por empezar con “libertad”, la fórmula puede parecer un eco de los ideales franceses de 1789, y por eso puede seronar con aires de teleología semiutópica. Sin embargo recordemos que Anaya ve en esta trinidad no la meta final, sino una ruta hacia ella. Libertad, felicidad y creatividad son para don Franklin las condiciones básicas que deben rodear al educando para que éste llegue a ser eficiente, razonable, con espíritu crítico etc. ¿Idealismo de artista? Veamos.

 

Libertad, felicidad, creatividad

Para explicar su concepto de libertad, Anaya contrapone la escuela-cuartel a la escuela-orquesta. La primera, dice, es el modelo tradicional en el que se imponen la disciplina y el acatamiento mediante métodos coercitivos que tienen como resultado anular la individualidad del alumno. Su repugnancia por la coerción se expresa sin ambages: “El castigo es…un acto de odio que ofende la dignidad y la inocencia del niño”. En su lugar Anaya propone la escuela-orquesta, en la que el énfasis no está en la disciplina sino en el interés del alumno, que sólo puede brotar de manera espontánea y jamás por coerción. Lo que prima en este modelo es la facultad del alumno de tomar decisiones soberanas, asumiendo sus derechos y deberes por voluntad propia, movido por el deseo de colaborar y contribuir. En su formulación teórica, este concepto se asemeja al planteamiento de A. S. Neill para su escuela de Summerhill, aunque el pedagogo británico privilegia la libertad hasta un grado más extremo que don Franklin.

 

Algo más complejo es el enfoque de Anaya a la felicidad. Una lectura cuidadosa de sus escritos sus escritos nos lleva a dos felicidades, una que sirve como condición de aprendizaje y otra que constituye la aspiración más alta de la vida humana. La primera nos la define sólo por implicación, insinuado que un entorno educativo exento de miedo y caracterizado por el respeto al individuo y a su derecho de ejercer su libre albedrío necesariamente fomentará un ambiente de expansión y disfrute, que invite al alumno a asistir a clases con entusiasmo. Al igual que “centuplicar”, el término “felicidad” parece hiperbólico en este sentido, pero quizás Anaya haya tenido en mente aquella definición modesta, pero realista de la felicidad: desear que se repita lo que ya nos está ocurriendo. La segunda felicidad es “la” felicidad, ese estado utópico cuya visión lejana nos hace infelices. Don Franklin admite que los niños, impotentes en un mundo controlado por los adultos, rara vez son felices, aunque gocen de frecuentes accesos de alegría. Sin embargo, Anaya hace eco de Erich Fromm al afirmar que “la felicidad no es un don de los dioses” sino que la podemos adquirir. ¿Cómo? Por medio del equilibrio, la riqueza y la plenitud que provienen de una educación basada en la apreciación y el cultivo de lo estético. Entender la belleza de la vida es indispensable para disfrutarla, y entre los frutos más bellos de la creación Anaya sitúa la naturaleza y el arte.    

 

En cuanto a la creatividad, lo hermoso de esta cualidad no es que nos haga falta crearla, sino que los niños la poseen como un don natural. El reto para el educardor es impartir conocimientos sin inhibir esta creatividad innata.

 

¿Visión hecha realidad?

Comparar esta propuesta con la realidad del Instituto Laredo no es del todo justo, ya que pese a su constante progreso el Instituto no es aún todo lo que soñó su fundador. De todos modos, injusta o no, tal comparación es el único método disponible para sopesar la validez de estos principios. Una evaluación formal y detallada del Instituto Laredo es de mi competencia. He recogido impresiones a través de conversaciones con profesores, alumnos, exalumnos y padres de familia, y a través del Festival Franklin Anaya 1998, que fue una excelente oportunidad para evaluar el estado de la actividad artística en la institución.

 

El grado de libertad no es fácil de determinar. Hay exalumnos para quienes la libertad es el recuerdo predominante de sus años en el Instituto. Esto difiere de mi experiencia como alumno en los años sesenta, que no estuvo caracterizada por el menor relajamiento disciplinario, mucho menos en los ensayos que dirigía el mismo don Franklin. Está claro es que en ningún momento de su historia el Laredo se convirtió en un centro del haz-lo-que-quieras a la manera del famoso Summerhill.

 

La felicidad, en cambio, es perceptible a primera vista, si nos confinamos a la primera de las dos felicidades arriba mencionadas. No tengo acceso a estadísticas de asistencia, pero soy testigo presencial del placer que fue asistir al Instituto para mí mis compañeros en los sesenta, así como lo fue para los niños con quienes trabajé en los setenta y lo es todavía para las alumnos actuales. La plenitud que experimentan los jóvenes del Laredo se reconoce en las caras y en las voces de los alumnos bailan, cantan, tocan o actúan. Por cierto que no todas las clases son motivo de disfrute, que la mayoría de las actividades son más entretenidas que la mayoría de las clases teóricas, y que el goce podría deberse al tipo de actividad más que a la institución en la que se desarrolla. Conocidas de muchos son las quejas – sólo a medias quejumbrosas – de padres cuyos hijos se resisten a abandonar las aulas y patios donde estudian, ensayan y comparten experiencias.

 

En lo que a la creatividad respecta, bastó asistir al festival Franklin Anaya para presenciar un desborde de iniciativa y entusiasmo productivo, traducido en un sinnúmero de grupos de música, danza y teatro, algunos de calidad admirable y todos de un nivel que sobrepasa lo que se esperaría de un colegio, sobre todo en un país supuestamente en vías de desarrollo. Lo que me entristeció es no ver muestras de trabajo creativo propiamente dicho en música. El material coreográfico, especialmente en danza contemporánea, incluyó obras nuevas de originalidad indiscutible. El grupo de teatro infantil presentó una obra creada por los mismos participantes. El que no haya un trabajo musical equiparables tanto más sorprendente si se considera que la composición era la especialidad musical de Franklin Anaya.

 

Función educativa de la música

Como se ha visto, en el contexto de las ideas de Anaya la música es un desafío para el espíritu, un agente de superación. La visión de este arte como algo infinitamente rico, puro y duradero se rezuma en los escritos, declaraciones y conversaciones de don Franklin. El hecho de que se haya referido a géneros específicos de música – la gran tradición clásica o contemporánea y el folclore no comercializado – es sobradamente claro, aunque habría sido ajeno a su naturaleza igualitaria denigrar los gustos de otros. Por un lado, propugnaba que la cueca, con su ritmo y forma definidos, serviría tan bien como el minué como molde para un ejercicio elemental de composición. Por otro lado, su aversión a todo lo que fuera banal, efímero y comercial en música supo expresarse con energía.

 

De la música clásica le interesaban la profundidad y la complejidad de elaboración, que ofrecen a los jóvenes un reto perdurable y una invitación a la superación constante. Del folclore le interesaba la expresión no adulterada de una identidad nacional. En la fusión de estos dos géneros veía don Franklin el futuro de la música. Tengo la certeza de que él habría observado con preocupación cualquier intento de facilitar a corto plazo la tarea de alumnos y público con concesiones demagógicas al gusto popular. Para él el Instituto no era una agencia de espectáculos sino un centro de formación de seres humanos de la más alta calidad posible. Espero que así continúe.

 

Música y colonialismo

Don Franklin siempre fue cuidadoso en no expresarse en términos de política partidaria. Su política era la del humanismo, la justicia y el respeto a la dignidad humana. Creía en el poder cohesivo de la música en la sociedad y era sensible al bagaje de cultura nacional que viene con los sonidos. Su patriotismo se centraba en un deseo de confrontarnos con lo que somos, de liberarnos del colonialismo cultural. En los grandes clásicos, por su grandeza, veía una fuerza ejemplar y universal, libre ya de los confines de una nacionalidad determinada. Fuero de los clásicos, sus preferencias se orientaban hacia todo repertorio que fomentara una conciencia de nuestra herencia y nuestra identidad. Desconfiaba del culto de lo ajeno, a menos que se tratase de lo mejor. Con este espíritu apoyó la serie de zarzuelas que iniciara Gabriel Ángel en los años setenta, y vio con escepticismo el auge de la ópera italiana en La Paz en la misma época.

 

Invitación a continuar

Estas líneas no son ni pretenden ser la última palabra sobre Franklin Anaya. Por el contrario, son una invitación al debate y a la acción. Un análisis detallado de vida y obra ocuparía un libro grueso; sería un libro interesante y espero que alguien lo escriba. Entretanto, pido que recordemos a don Franklin activamente, no sólo con palabras de nostalgia. Pido que nos informemos sobre sus ideas, que las discutamos y que las apliquemos, obviamente con espíritu crítico según corresponda. Que no olvidemos que un hombre de gran talento renunció a una carrera triunfal para dedicarse a los demás, para dejarnos un legado perdurable. La herencia es rica y su alcance incalculable. Podría llegar a convertirse en el factor de renovación humano que tanto necesitamos en este país. Hoy el Instituto Laredo es ya una comunidad grande de profesores y administradores, alumnos, exalumnos y padres de familia, todos convencidos del valor de la institución y preocupados por su futuro. Para asegurar ese futuro, esta comunidad tiene mucho que hacer, pero afortunadamente la dirección es clara. Nos la señaló don Franklin con su ejemplo, sus enseñanzas y sus escritos. siempre se expresó con claridad y sin rodeos. No tenemos excusa para no entender.

 

Biliografía

·      F. Anaya, La música en Latinoamérica y en Bolivia (Cochabamba: H. Municipalidad de Cochabamba, 1994)

·      F. Anaya, La revolución del reloj y el vidrio (Cochabamba: Universidad Mayor de San Simón, 1995)

·      F. Anaya, Discurso en ocasión de la condecoración “Honor al mérito”, Prefectura del Departamento de Cochabamba 1979 (inédito)

·      F. Anaya, Plan de desarrollo del Instituto Laredo (inédito)

·      AS Neill, Summerhill a Radical Approach to Education (Londres: V Gollancz, 1966)

 

© © Agustín Fernández 1999

Sunday, November 29, 2020

Ángel de mis sueños

Otra vez volviste a mis sueños anoche,

otra vez distante y algo recelosa

no franca y abierta como te recuerdo

sino controlada como te adivino

ahora que han pasado dos años de ausencia,

un siglo de insidias y maledicencias,

milenios de infamias, traiciones y engaños

y una eternidad de conjetura estéril.

 

Pero aquí estuviste – o allá, en el molino

borroso el lugar, como es frecuente en sueños

borrosa tu imagen, vagos tus contornos

¿cómo no han de serlo si, aunque esté durmiendo

la mente discierne que ha pasado el tiempo

pero no se atreve a retratarte clara

para no prestarte rasgos inventados?

 

A nadie conozco con más precisión

que a ti, niña mía, por haberte criado

por haberte visto crecer frente a mí

por haber cantado tu canción de cuna

por haber velado tu sueño voluble

por haber domado tus ojos ariscos

hasta que aprendieran a mirar de frente.

 

Porque, cuando infante, tu voz era el son

que iniciaba el día con llamado urgente

y, cuando más grande, tu cara radiante

todas las mañanas de luz me inundaba.

 

Porque por las noches leíamos juntos

y vi florecer tu amor por la lectura.

Porque hasta comprar el diario te antojaba

rito que los dos debíamos cumplir

y tú me esperabas contra la ventana

cuando algún recado me exigía ir solo.

 

Porque acompañabas mis expediciones

por el campo abierto y la orilla del río

lloviera o nevara, tú y yo siempre juntos,

tácitos aliados en esa contienda

que ya conflagraba todo nuestro entorno

nunca declarada, siempre combatida

de ella éramos parte sin estar conscientes,

como comprendimos cuando ya era tarde

y nos consumió su atroz apocalipsis.

 

Porque te gustaba estar conmigo siempre

y tu compañía fue el don más precioso

que me dio la vida por diez cortos años.

Porque me haces falta, y a diario te invoco

porque protegerte es mi razón de vida

y tu bienestar el norte de mi brújula,

porque a toda hora tus ojos azules

guían mi camino por estas tinieblas.

 

El mapa difuso de este viaje incierto

nunca es más preciso que cuando dibuja

tu rostro, hija mía; eso no se olvida.

Si algo nebulosa surges en mi sueño

no es porque te olvide; es porque respeto

-       así de dormido como en la vigilia -

los años que pasan, tu vida, tus cambios,

la incógnita nueva que avanza y me elude

de tu ser actual, allá, en la lejanía.

 

Por eso agradezco que cuando apareces

en sueños como el de anoche, tan reales,

sepas ser tú, aunque no sé quién eres,

que sigas sabiendo mejor que yo supe,

como demostraste en nuestro año postrero,

sacar lo más bueno de un mundo imperfecto,

dar amor según la situación permita

perdonar falencias sin dejarte hundir.

 

Si una vez tú fuiste un ángel de metáfora

hoy lo eres del todo y en sentido exacto.

Lo mostraste anoche; lo muestras seguido

cuando manifiestas tu presencia grácil,

guardas tu distancia pero me acompañas

muy cerca de mí, ya parte de mi ser.

Sé que estás aquí, te siento, te conozco.

Quiera Dios que así también yo pueda estar

presente en alguna esfera en la que habitas,

ángel de mis sueños, en tu compañía.

 

Monday, November 23, 2020

Estación de Newcastle

Un último café en esta ciudad

viendo pasar pasajeros

que llegan, que esperan, que parten

caras tristes del adiós

dichosas del reencuentro

hastiadas de travesía.

 

Esperando

bajo el arco magistral

que hace de cielo

a este tránsito sin nombres

bebo el último sorbo y declaro:

             

Desde hoy, amores míos,

ya no escudriñaré las multitudes

buscando sus caras amadas.

 

Las buscaré 

en las honduras del pensamiento

selvas, ríos y montañas

lunas, soles y galaxias

sentiré el pulso del universo

sabiendo que allí, en la infinidad de las cosas

están ustedes, amores míos.

 

© Agustín Fernández

Sunday, November 15, 2020

Passing Three

A woman and a cat

are waiting side by side

as I come out of the bathroom.

One laughs, the other wails

each has her own need and expectation.

I laugh too

it is flattering to be claimed

by two such beauties

it is warming to know that we all

are now a unit.

From now on

all the needs and expectations

of each of us

will be each other’s concern.

May we last and thrive together.

 

© Agustín Fernández

Saturday, July 25, 2020

Cluj

Un último beso a tus calles, Cluj
una última caricia de mis ojos
a tus murallas.

Suena el rumor de tus bosques
en tu música
Toduță, Țürk, Țăranu
Pop, Țună, Murariu.

Habla tu historia
de sangre y fronteras
de reinos e imperios
pasiones, pensamientos, iluminaciones
en los ojos de tu gente
en sus rostros, en sus rasgos.

Se oye tu pasado
en las voces onduladas
que pueblan el aire.

Tu presente
rompe murallas
alza barreras
y sana heridas.

Vibras, Cluj, y reverberas
con eco largo.
¿Cuándo terminas, y dónde?
Tus límites no se ven
aunque tu ausencia se sienta.

Resonarás, persistente,
más allá del bosque
más allá de la razón.

Aun así,
largo se hará el tiempo
sin besar con mis ojos las calles
sin tocar los muros
sin sentir las voces
de Transilvania.



© Agustín Fernández 2018


Thursday, July 12, 2018

A Beto Rosa


Te vas con pasos serenos
Con el semblante diáfano
Que siempre te vimos
Con el único pesar, imagino,
De no seguir sembrando
Amor en casa
Sonrisas en el mundo.

Al emprender tú la marcha
Se dibuja en el aire una forma perfecta
Es la mano maestra que rige el universo
dándote su bendición.
Si alguna vez alguien la mereció
Eres tú, Beto Rosa. 

© Agustín Fernández 2018

Sunday, September 12, 2010

Alberto Villalpando

Ahora que ha sido exitosamente lanzado el libro de Luis Moya Invenciones sobre la sonoridad boliviana: estudio patrimonial sobre el pensamiento estético musical de Alberto Villalpando (Cochabamba 2009), reproduzco aquí el prólogo que escribí para esa publicación.


Prólogo

Sería difícil exagerar la importancia de Alberto Villalpando en la historia de la música de Bolivia. Situar a este eminente compositor en la historia no es lo mismo que consignarlo al pasado; es celebrar su presencia, ya que en 2008 Villalpando está no sólo vivo, sino vital, en la plenitud de esa creatividad que es lo que ha hecho que sea ya, a la edad de 68 años, parte de la historia. Muchos nos hemos referido a él como al “padre de la música contemporánea boliviana” y, más que un título honorífico, esta frase es un resumen acertado de la labor cumplida por Villalpando a lo largo de medio siglo de trabajo (cf. Agustín Fernández, Apuntes y Reminiscencias, Newcastle 2002).

Esta paternidad se manifiesta de varias maneras: la primera es su condición de pionero. Por supuesto que hubo compositores en Bolivia mucho antes que Villalpando pero, si nos circunscribimos a la Bolivia soberana, él fue el primero en dedicarse profesionalmente a la creación musical, perseverando en ello a lo largo de toda una vida y permitiéndose sólo las distracciones impuestas ineludiblemente por el imperativo de llevar el pan a la mesa en un país sin estructuras de remuneración al compositor.

En un sentido un poco más literal, el renombre de progenitor le corresponde también por haber formado a dos generaciones de compositores bolivianos que hoy le debemos gratitud. La enseñanza como oficio habrá significado para muchos un refugio a salvo de las vicisitudes de vivir del arte, pero para Villalpando enseñar ha sido la expresión de una vocación de compartir, mucho más allá de una necesidad práctica. Soy testigo presencial de un ejemplo contundente, aunque no único: a principios de los años setenta, cuando al maestro no se le conocía ningún ingreso regular, pese a ello recibía en su casa con regularidad a un grupo de alumnos que estudiábamos composición bajo su tutela, sin cobrarnos jamás un centavo. Conformábamos el grupo Juan Antonio Maldonado, Willy Pozadas, Freddy Terrazas y yo. En 1974 este núcleo se integró en el primer Taller de Música de la Universidad Católica Boliviana en La Paz, y la clase de Villalpando creció con la llegada de Nicolás Suárez, Franz Terceros, los hermanos José Luis, Cergio y Jaime Prudencio, y otros más. La experiencia del Taller de Música fue intensa e intensiva, y para sus participantes más involucrados tuvo un efecto de transformación. Villalpando la repitió veinticinco años después en la misma universidad, educando por segunda vez a una vanguardia creativa de figuras jóvenes que, cabe esperar, serán quienes moldeen el paisaje musical de Bolivia en los próximos años. Ni el avance del tiempo ni el asentamiento de Villalpando en Cochabamba a partir de 2001 han conseguido poner fin a su tarea pedagógica: una selección reducida pero importante de compositores jóvenes ha podido beneficiarse de la generosidad instructora del Maestro; entre ellos está el autor de este libro, Luis Moya Salguero.

Sin ánimo de llevar la metáfora a extremos, es importante considerar un tercer factor que justifica apellidar a Villalpando “padre de la música contemporánea boliviana”: su dimensión vanguardista. El aspecto modernista de su trabajo puede parecernos obvio ahora, pero no tan obvio si se toma en cuenta los factores de tiempo y lugar. Si recordamos que Villalpando empezó a ejercer como compositor profesional a su retorno de Buenos Aires en 1965, veremos que una posición de avanzada estaba de antemano condenada a provocar rechazo en los estrechos corredores por donde se movía – cuando se movía – la música en Bolivia.

Para la música en Europa y en Norteamérica, los años sesenta fueron una etapa caracterizada por la profundización y el afianzamiento de los experimentos de la década anterior. A la siembra siguió la cosecha: los cincuenta produjeron obras radicales que afectarían profundamente el curso de la historia: December 1952 de Earle Brown y 4’33” de Cage (1952), Klavierstück XI (1956), Gesang der Jünlinge (1956), Gruppen (1957), y Kontakte (1960) de Stockhausen, Le marteau sans maître (1955) y la Tercera Sonata (1957) de Boulez, Sequenza I de Berio (1958) y muchas otras. Los sesenta cosecharon los frutos de esa radicalidad y trabajaron por integrar las nuevas posibilidades dentro de una gramática sostenible. Fue en esa década afortunada que Villalpando hizo su ingreso en la música contemporánea, y efectuó su entrada por la puerta más grande que había: la de di Tella.

El Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, parte del Instituto Torcuato di Tella, fue establecido en Buenos Aires en 1962 por Alberto Ginastera, con el objetivo de formar compositores irradiando a partir de un polo magnético y fuerza de innovación musical americanista acorde con el status de Weltstadt al que aspiraba la capital argentina en ese entonces (John King, El Di Tella y el desarrollo cultural argentino en la década del sesenta, Buenos Aires 1985). La meta fue sólo parcialmente alcanzada, no por falta de recursos como es la historia eterna de Latinoamérica sino por el encono personal del General Juan Carlos Onganía, quien consiguió clausurar el CLAEM antes de ser derrocado en 1970.

En distintos momentos de sus ocho años de existencia, pasaron por el CLAEM en calidad de profesores invitados Sessions, Copland, Davidovsky, Ussachevsky, Earle Brown, Xenakis, Cristóbal Halffter, Messiaen, Nono, Dallapiccola, Malipiero y Maderna. A Villalpando no le tocó estudiar con todos, pero sí con una selección representativa, de la cual, nos dice Moya, dejaron las huellas más hondas Dallapiccola y Malipiero. Aparte del aporte personal de estos grandes compositores, ellos le brindaron a Villalpando la oportunidad, acaso única en Latinoamérica, de ponerse al día en las técnicas contemporáneas en vigencia. Di Tella significó además para Villalpando el acogerse a un movimiento generacional que, bajo la figura tutelar de Ginastera, comprendía a compositores como el ecuatoriano Mesías Mayguashca, el peruano Edgar Valcárcel, el colombiano Blas Atehortúa, el uruguayo Coriún Aharonián y, entre otros argentinos, el rosarino Alcides Lanza. Además del estudio analítico de las obras de los compositores invitados y muchas otras, en el CLAEM se respiraba el aire nuevo de la música de entonces: procedimientos armónicos y melódicos no tonales, serialismo, serialismo integral, formaciones estructurales nuevas – ya no dependientes de los moldes clásicos sino de la intención expresiva de cada pieza – mecanismos de indeterminación o aleatorios, técnicas instrumentales alternativas, y mucho más.

A su retorno a Bolivia en 1965, Villalpando llegó repleto de descubrimientos, ideas, proyectos y energía creativa y, es más, como relata Moya, acababa de experimentar una epifanía frente a la geografía inmemorial del altiplano, un incidente que conllevó la revelación de una estética de inspiración andina (p. 69). Estaba listo para emprender la obra de su vida, y en su equipaje intelectual tenía las herramientas necesarias para realizarla. Su misión era abrirse camino como compositor boliviano en Bolivia, y al hacerlo colocar a su país en el mapa musical del mundo, comunicando significados propios, únicos e irrepetibles en un idioma que el mundo reconociera como vigente. Era además necesario concienciar al público boliviano de la necesidad de tener una identidad musical contemporánea, ya no basada en la tarjeta postal del auto-turismo sino movida de adentro hacia fuera por una estética más intrínseca. Y por si ese reto fuera poco, era necesario hacer escuela, crear un movimiento generacional que compartiera y transmitiera estos ideales. ¿Qué nivel de predisposición encontró el joven compositor en su nuevo entorno cultural de La Paz? Sin un estudio histórico detallado sólo es dable especular, pero no hace falta mucha imaginación para conjeturarlo: dicho sin rodeos, la actitud predominante debe de haber sido la incomprensión.

¿Cómo podía no serlo? El público musical paceño, generoso pero conservador, tenía poco conocimiento de obras que no fueran del clasicismo más reconocido, y tenía poca o ninguna experiencia de cualquier música posterior a Debussy. Su concepción, si alguna tenía, de una música clásica boliviana se cifraba en compositores como Eduardo Caba, Humberto Viscarra Monje, y en un repertorio post-folclorista de banda militar industriosamente arreglado para orquesta por el infatigable Coronel Antonio Montes Calderón. Es decir, el imperio de la tonalidad era absoluto, y el maremoto de las revoluciones armónicas, rítmicas y tímbricas del modernismo era a lo sumo un rumor distante.

En cuanto a los intérpretes, la Orquesta Sinfónica Nacional, limitada por sus condiciones de trabajo semiprofesionales, en los años sesenta se veía reforzada por un contingente internacional de músicos de alto nivel, norteamericanos y sudamericanos. Numerosos testimonios orales permiten reconstruir la nómina de esos visitantes, y resulta claro que, por excelentes que hayan sido, eran pocos, y no pueden haber conformado más que una escuadra de élite, insuficiente para producir un cuerpo orquestal cohesionado. Para que una orquesta no cohesionada reprodujera con resultados convincentes el sonido de una sinfonía clásica, conocida por músicos y oyentes, haría falta voluntad y esfuerzo, y aun así un poco de benevolencia del público crítico. Para que la misma orquesta presentara por primera vez una obra nueva en estilo desconocido, usando técnicas compositivas nunca antes oídas y requiriendo técnicas instrumentales nunca antes probadas en La Paz, y para que el resultado fuera convincente, haría falta el doble de voluntad y el doble de esfuerzo. ¿Cómo se las ingeniaría el compositor de 25 años, recién llegado a la ciudad, para ganarse esa voluntad y canalizarla en su favor, en favor de la música de vanguardia?  Decir que el reto que tenía por delante era formidable es decir poco. Las cifras de la probabilidad computaban en su contra, y el desenlace más previsible era el fracaso.

Pero Villalpando no fracasó. Cuarenta y tres años más tarde, podemos decir sin temor a equivocarnos que Villalpando ha triunfado. Su obra, de una magnitud considerable, incorpora la voz inconfundible de los Andes dentro de lo que Niculescu llama “una gramática planetaria”, el idioma nuevo y mutable en el que el mundo comunica su diversidad, y la comprende. La obra de Villalpando se escucha en Bolivia y en el resto del mundo. Dos generaciones de compositores bolivianos lo consideran su maestro. Entre los galardones que ha recibido está el Premio Nacional de Cultura (1998), reservado a las figuras más eminentes que han aportado al patrimonio intelectual del país. Los estudiantes de música hacen proyectos sobre su obra. Los músicos conscientes de su identidad cultural buscan interpretar piezas de Villalpando, y el número de estos ejecutantes progresistas es todavía reducido, pero crece. Hasta nuestras orquestas, siempre las últimas en despertar al presente, empiezan a rendirse ante el imperativo de expresar la realidad propia, y cuando de ello se trata las obras de Villalpando son la elección natural, porque Villalpando es el compositor boliviano por antonomasia.

La historia de cómo llegó el joven graduado de 1965 al sitial de prominencia absoluta que hoy le pertenece es larga, no desprovista de momentos felices pero ante todo traspasada de dificultades y partícipe hasta la médula del drama de la historia boliviana del último medio siglo. Contarla como se lo merece será un trabajo hercúleo y requerirá más de un libro.

El presente aporte de Luis Moya no es una biografía, ni un estudio analítico, sino algo más difícil de categorizar. Podríamos describirlo como una investigación de los procesos culturales y psicológicos que subyacen la música de Villalpando. El autor canaliza evidencias de la vida y pensamiento del compositor hacia razonamientos genéricos de índole estética y a menudo psicoanalítica. También al revés, principios teóricos de esas disciplinas sirven de lente para examinar aspectos del trabajo del compositor. Haciendo gala de rigor investigativo, Moya se apoya en lo biográfico sólo en la medida en que le procura sustento para el raciocinio. Sin dejarse distraer por la anécdota, enfoca su interés en una selección reducida de incidentes significativos y, valiéndose de su amplia preparación en psicología, analiza con lucidez recuerdos de la infancia confiados por el propio Villalpando para proyectar significados en la persona artística del compositor maduro.

El método de identificar nodos biográficos e interpretarlos a la luz de sus resonancias ulteriores en la obra del compositor le permite a Moya hablar de música en términos muy personales sin caer en la indiscreción. Uno de esos nodos principales es la “escena del nacimiento” que le sirve a Moya como trampolín para remontarse en una narrativa absorbente en la cual la obra de Villalpando se desovilla como una búsqueda tras lo perdido, en pos de un hallazgo experimentado fugazmente en la niñez: “el sonido es el camino de regreso a un estado de plenitud” (p. 76).

Moya despliega un verdadero arsenal de razonamiento teórico y crítico y no tiene miedo de enmarcar sus procedimientos teóricos dentro del contexto apropiado, a veces de manera exhaustiva. Si este marco contextual resulta por momentos intimidante para el lector no iniciado en teoría crítica, el mejor consejo para ese lector es que persevere; este libro ofrece esclarecimientos interpretativos valiosísimos, y hay secciones enteras – como la dedicada a la “tercera línea” – en la que su prosa se mueve por una esfera elevada de pensamiento, con tal fluidez de estilo y agilidad de ideas que da la impresión de flotar por un jardín de inspiración intelectual.

Felicito y agradezco a Luis Moya por un trabajo serio, disciplinado, bien argumentado y lleno de hallazgos significativos que podrán servir de piedra fundamental  para una literatura interpretativa del pensamiento musical de Villalpando y de Bolivia.

© Agustín Fernández 2008